jueves, 14 de enero de 2016

Querida amiga...





Querida amiga, quizá te sorprenda mi carta, pero a pesar del tiempo transcurrido no has dejado de permanecer junto a mí ni un solo instante de nuestras vidas.

Cuando me despedí de tus veinte años te dije que algún día te volvería a buscar, aun sin tener la certeza de hallarte; y aquí estoy de nuevo, mirando a un cielo gris y en silencio, evocando aquellos momentos en los que decidías tomar el mundo entre tus manos y marcar tu propio destino.

¿Conseguiste tus sueños? Creo que sí, pero ha pasado tanto tiempo que ni yo misma tengo claro ahora, desde mi momento, cuáles eran. Sé que querías sumergirte en las letras y en los números. Parece que te estoy viendo devorando una y otra vez cada párrafo de aquellas Ruinas de Palmira. Te veo lápiz en mano, subrayando todo aquello que te hacía reflexionar en aquella lectura. Subrayaste casi todo el libro; tanto, que, más tarde, yo misma tuve que comprar otro ejemplar. También recuerdo otro que fuiste incapaz de leer hasta el final, y eso que lo intentaste varias veces. Era aquel que hablaba de la familia Alvear. Creo que aún lo conservo en mi biblioteca. Quizá retome su lectura donde tú la dejaste y consiga leerlo de un tirón. Quién sabe…, hasta es posible que ahora me aporte algo positivo que tú, entonces, no fuiste capaz de captar.

Querida amiga, ¿te desprendiste ya de tu piel de analfabeta? Recuerdo cómo te dolía aquella piel. Ahora te veo camino de la academia, con unas ganas locas de aprender a resolver problemas de cálculo mercantil, y con no menos ganas de redactar cartas comerciales. Todavía hoy me sorprendo de la forma en que entraste en aquella clase, preguntando si podías estudiar algo. «Certificado de Escolaridad»: mentiste a la profesora cuando te preguntó si tenías algún tipo de estudios. No tenías ni tan siquiera eso, pues cuando dejaste el colegio a los doce años todavía no habías finalizado la Primaria.

Sin embargo, aquella mentira te permitió meter los pies en la academia y cursar tu Auxiliar Administrativo que tanto te enorgullecía, y que conseguiste acabar en un brevísimo periodo de tiempo, sin apenas esfuerzo, disfrutando del tiempo que dedicabas a aquellos folios y libros, y, además, superando al resto del alumnado en las calificaciones.

¿De qué serías hoy capaz, si tuvieras dieciocho o veinte años?

Ahora te observo de nuevo y te veo más feliz. Estabas al principio de un camino; un camino que estos días se me antoja muy largo. Con muchas curvas y rampas, bordeado de maravillosas flores en unos trechos, pero asaltado de sombras y ráfagas de vientos helados en otros. Tú solamente podías vislumbrar el principio. Bueno, más que vislumbrarlo lo trazabas para las dos. Pero no lo hacías completamente sola…

De: Apuntes del viejo diario o Ensayo sobre los otros días -  (Albalat dels tarongers. 2008) -
Imagen: Con sello de Débora Trachter - 2009

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