viernes, 23 de agosto de 2013

Cielo-Infierno




 ACNUR-SIRIA


Hace unos años, alguien de la cúpula vaticana hacía unas declaraciones acerca de la existencia física del cielo. «No es un lugar físico» decía; y yo no soy quien para negar o afirmar esta revelación. No obstante, he de confesar que, en alguna ocasión, me he sentido tan cerca del cielo como si, realmente, este ocupara su propia parcela sin tener por ello puerta de entrada, o acceso sin vigilancia privada.

Ha sido en esos momentos en los que he visto la felicidad en el rostro de mis hijos en los subsiguientes instantes a la consecución del premio al trabajo bien hecho, desde sus primeras notas escolares hasta la adjudicación de su primer empleo; en la complicidad que se les escapaba a través de sus miradas cuando la adolescencia dirigía sus vidas… He creído tocar el cielo cuando, tras más de doce años de trabajo a base de contratos temporales, por fin llegó el tan ansiado indefinido que posibilitaba la estabilidad económica con la que ajustar las necesidades a la nómina mensual. Pero, sobre todo, he estado cerca del cielo «cuando en mi vida ha habido paz».

Es la paz mi concepto de cielo. Tal vez a eso se refería la autoridad eclesiástica en su manifestación al respecto.

Pero no recuerdo si en algún momento habló también del infierno. Aún hay gente que cree que este consiste en un lugar al rojo vivo, donde las almas malas se consumen en un fuego eterno. Por fortuna, en el que yo conozco sucumbe la vida y el alma toda. La muerte es la única puerta de salida del infierno.

Conservo imágenes de estos infiernos —porque hay muchos— en mi memoria, en mis archivos informáticos y en decenas de revistas en mi librería. En el momento en que escribo este artículo tengo frescas las de los civiles, en su mayoría niños, de la última matanza siria. Pero, posiblemente, cuando termine de redactar este texto, otras barbaries se estén llevando a cabo en cualquier otro punto del planeta. Nuevos dramas que contribuyan a desviar nuestra atención del actual sirio. 

En los infiernos reales —no en los de ficción— no hay ángeles caídos, sino fábricas de armamento que son la base de la economía de los países llamados civilizados; países gobernados por dirigentes de comunión dominical y cazadores homófobos. Después de consumada la barbarie, serán estos mismos dirigentes los que se rasgarán las vestiduras y propondrán los medios para castigar a unos culpables que nunca pagarán su culpa. Siempre, claro está, que el veto de los países implicados no impida las investigaciones propuestas por la Comunidad Internacional.

Mientras tanto, los verdaderos dioses y ángeles de todos los credos y dogmas —no los de ficción— se siguen dando cita cada día en los infiernos. Rescatan, no las almas, sino los cuerpos de carne y huesos; ulcerada la una y resquebrajados los otros, en las más de las ocasiones. Cuerpos con historias individuales pero con idéntico horror en cada una de ellas. Cuerpos que se apiñan en el vasto desierto a la espera de la mano amiga, de la voz amable del cooperante de lengua extranjera.

Ya no quedan cielos con nubes de algodón y ángeles asexuados de blancas alas y suaves manos acariciando arpas. Tan solo hay infiernos con demonios vestidos de Armani, y cooperantes que les presentan batalla en medio de la desolación. Con la cámara al hombro, con la mochila repleta de medicinas a la espalda, con las sacas de comida imperecedera en los puestos improvisados en cualquier esquina del campo.

Y a veces, en el epicentro de ese campo del refugiado, asoma un atisbo de paz al que los más débiles se aferran, creyendo que, por fin, han alcanzado la felicidad que el cielo proporciona.

 

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