martes, 21 de noviembre de 2017

La libreta amarilla








SINOPSIS

LA LIBRETA AMARILLA nos acerca a la realidad del mal de Alzheimer a través de las confidencias de Antonia y Teresa, madre e hija atrapadas en el laberinto de la desmemoria.
La voz de Antonia relata en primera persona el drama de la enfermedad mediante la anotación de sus vivencias en una libreta que será su último asidero a un mundo que se aleja entre las brumas del olvido.
La voz de Teresa presenta el punto de vista de los familiares y las personas más cercanas al enfermo. Viviremos con ella las consecuencias de la enfermedad cuando en su camino se cruce la crisis económica y se alejen trabajo, familia y relaciones sociales.
Madre e hija aunarán sus sentimientos y se harán partícipes de cuanto piensan y callan, de cuanto sienten y adivinan. Juntas afrontarán la última etapa en el dramático camino hacia el olvido.

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A falta de confirmar la fecha y hora, así como el lugar de presentación de LA LIBRETA AMARILLA, la Fragua y el Yunque se complacen en mostrar una breve nota acerca del contenido de la obra.

L.Estal

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Noviembre IV


Paco Jordán Soto - Playa Puerto de Sagunto-


Mi mar, sereno y en calma,
se vuelve violento de golpe.

Ya vienen los primeros fríos.

La pluma, en reposo, me observa
desde el cajón triste y oscuro.

Y la lluvia no llega...

                 No, no acaba de llegar.


LEH -De la lluvia
Fotografía de Paco Jordán Soto-Playa Puerto de Sagunto
              
                      

jueves, 2 de noviembre de 2017

Noviembre II




La poesía se acerca,
se asoma por entre las nubes
sobre la superficie del agua
en la playa desierta de noviembre
 
             miro hacia el cielo cubierto
                                       y aguardo en silencio...


Noviembre (fragmento)
Fotografía LEH

martes, 31 de octubre de 2017

Los días acortan




 


En el aire se nota la ausencia del olor de los jazmines y de los galanes de noche. Los azahares tardarán bastante en vestir de nuevo los campos, pero las naranjas ya pintan en la huerta. Comienza la muda de colores en el paisaje, y el aroma de la tierra, esa tierra nuestra, la de siempre, la que sustenta la vida, parece que nos habla con voz de ayeres.

Ya es otoño y yo cierro los ojos y me pregunto «Qué estaba haciendo justamente en este día de este mes en aquel año…» La mayoría de las veces no obtengo respuesta porque la fecha no es relevante, ni en mi presente ni en mi pasado lejano o reciente. Habré de esperar unas semanas para recordar un acontecimiento ocurrido en esta nueva muda. Octubre, noviembre o diciembre qué más da. Mi cuerpo se prepara para esperar los atardeceres precipitados y los primeros fríos. Las ventanas permanecen cerradas y las cortinas echadas. Las voces de los niños en la plaza son solo un murmullo apagado y mi camiseta deportiva una intrusa que desde una esquina del ropero reclama la atención perdida.

El rincón de la lectura se ha despejado. Las tardes invitan al paseo por las páginas y, de vez en cuando, si llueve, les dedico un tiempo extra. Algo me dice que es tiempo de flores aunque  no florezcan los jardines. Intento resistirme, porque es otoño y no tocan flores, sino libros escolares, caminatas bajo el sol aletargado de la tarde y prisas a la hora de bajar la basura para que las últimas luces del día no me echen de menos cuando se despidan tras las montañas.

Pero… ¿quién se resiste a unas flores? Me arreglo y miro mi reloj por si todavía estoy a tiempo de coger el autobús. «Si no me entretengo con la brochita ante el espejo, me da tiempo» pienso en voz alta. Y salgo ligera, cargada con mi bolso grande repleto de cosas necesarias como los bolis, la agenda, la libreta pequeñita de notas, el móvil, el monedero, el último número de la revista Turia, los poemas de mi nuevo contacto de facebook, las llaves…

Ya en la floristería, compraría todas las flores de la tienda, y todas las copas de cristal tallado, y los centros de mesa… ¡Está todo tan bonito y expuesto con tan buen gusto! Pero me reprimo porque no están las cosas para abusos y, además, luego todo son trastos por todas partes. Compro lo esencial para formar mi ramo y me empleo con ganas en su confección: A un lado las azucenas, los dos gladiolos sobresaliendo unos centímetros por encima de los claveles moteados; la rosa roja en el centro, altanera, que para eso lleva el nombre de las mujeres que tanto me quisieron y quiero; y la paniculata salpicando todo el conjunto reposado sobre el lecho verde de hojas de boj.

Ahora, coloco mi ramo en el búcaro, junto a la cruz. Deposito un beso en mi mano y poso esta suavemente sobre las dos fotografías ovaladas de color sepia que presiden la losa, algo por encima de los nombres y fechas talladas en el granito. Ya no hay cipreses, eso es algo que pertenece a otros otoños, cuando el nombre del recinto se apellidaba Santo. No, no hay cipreses y, a veces, por el aire se extiende un olor como de ceniza.

 

 Fotografía: LEH

miércoles, 25 de octubre de 2017

Una breve nota





Voy a escribir una breve nota
que quede sobre el reverso de la hoja
moribunda que me observa,
indiferente, desde la rama más alta
del árbol más robusto de la plaza.

Unas breves palabras con las que arañar
las horas previas a la noche que ya asoma
por encima de la última ola rezagada
hasta la primera curva de la calle
-mal adoquinada-
que no proyecta mi sombra.


-De los cuadernos de Uba. 14917)-
Fotografía: LEH-

miércoles, 18 de octubre de 2017

Un otoño diferente



 

 

Con música de Enya de fondo espero a la lluvia, al otoño verdadero y a los días cortos y tranquilos. Hace mucho tiempo que no escribo en mi cuaderno. Aguarda en un cajón, junto al tintero y la pluma. El de este año es un otoño raro que en nada se parece al anterior. Aquel me trajo una inmensa alegría, llegó con nuevos latidos y miradas nuevas que me sedujeron desde el primer instante. Añoro la espera de aquellos días, la expectación y hasta la poesía del momento.

En mi opinión es un otoño absurdo en el que las tonalidades verdes  ganan la batalla a las ocres y doradas. Los árboles de mi plaza se resisten a desprenderse del ropaje que lucen desde la primavera precoz de cada año. Es diferente a los de otros años. Es más caliente, y no solo en la temperatura ambiental. En las calles, en las barras de los bares, en las redes sociales… Todos nos acaloramos. Algunos más que otros. Surgen banderas desde todos los rincones. De todos los colores y logos. Algunos de esos logos hasta asustan. Alguien no está haciendo bien su trabajo. No sé quién, no tengo capacidad para averiguarlo. De lo que no me cabe duda es, de que, a peor trabajo, mayor beneficio obtendrán en uno y otro lado. Y yo, como siempre, esperando a la lluvia.

Si acaso, me consuela saber que no estoy sola. Hay muchas personas que, como yo, observan tras los cristales. Esperan desenlaces que se van posponiendo. No entendemos el porqué del fracaso. O tal vez sí lo entendemos pero nos negamos a creer los motivos que lo han propiciado. Hay lienzos blancos que piden la voz y la palabra pero la multitud, enaltecida, permanece sorda a la solicitud.

Unos gritan que «su España» no se rompe. Otros, que ya está rota. Y mientras los unos y los otros se pierden en sus gritos y bravuconadas, esa España que dicen que les pertenece, o en el caso contrario que no les importa, esta España nuestra, arde sin que nadie lo remedie y se convierte en cenizas y duelo.

Todos miramos al cielo. Algunos están cegados por el humo y no pueden divisarlo. A otros los ciega la arrogancia y la pedantería. Y yo… yo sigo a la espera de esa lluvia tan necesaria que apague los fuegos y nos limpie los ojos.
 
 
Fotografía -LEH- Rubielos de Mora

 

domingo, 17 de septiembre de 2017

Del cuaderno de Uba-Primeras páginas


 

PRIMERAS PÁGINAS

 

En primavera escrituramos nuestra casa. Fue por la mañana. La niña vino con nosotros. En el momento de recibir las llaves de manos del constructor reprimimos la emoción pero, inmediatamente después de salir de la notaría, dimos rienda suelta a la misma y nos dirigimos a toda prisa hacia el centro comercial. Ardíamos en deseos de comprar los primeros elementos que identificaran la casa nº 5 de la calle como propiedad de la familia. ¡Compramos el buzón de correos!

Compramos más cosas. Unos farolillos para las terrazas y el zaguán de la entrada, una planta —que nunca había visto— para que anunciara en el alféizar de la ventana que nos encontrábamos dentro, y algunas cosas más. Todas totalmente prescindibles y, algunas, como el buzón y los farolillos, inservibles. El buzón nunca se utilizó porque el funcionario de correos se negó a depositar allí la correspondencia, aludiendo a que debía estar junto a los del resto de las casas en un lugar común de la finca. Así pues, y por no meter bulla desde mi primer día en el municipio, dejé correr el tema y personarme yo misma en su oficina para recoger mis recibos y cartas.

Por medio de internet supimos más tarde que una nueva ley obligaba a los constructores a poner los buzones de todas las viviendas en un mismo lugar en vez de cada uno en su propio domicilio. Pero también vimos que esa ley entraba en vigor en mayo de ese mismo año. Nuestra casa nos la dieron un mes antes. Pero bueno… no valía la pena entrar en discordias. Yo iría cada dos o tres días a recoger las cartas a la oficina. Mientras tanto, el constructor vería la forma de colocar los depósitos, todos iguales, todos juntos, los cinco, en algún hueco de la fachada. Lo malo es que no había hueco sino en la pared de la casa de la esquina, lo que constituía, de ponerse allí, un pegote que permitiría a la lluvia, cuando la hubiera, penetrar en los buzones y empapar la correspondencia de su interior.

Los farolillos eran más altos que el espacio entre la salida del cable de la luz de las terrazas y la el voladizo de teja del tejado. No cabían y había que cambiarlos por otros más pequeños. La planta rara, cada vez que veníamos de la casa que en breve dejaríamos de habitar, me esperaba blanda y pocha. Le daba de beber, la sacaba a la ventana, la metía de nuevo a la cocina cuando me iba en la tarde-noche y a la mañana siguiente ya estaba de nuevo pocha.

Pero nada de eso nos quitó la ilusión. Ese mismo día que recibimos las llaves, nos fuimos a comer a un bar que habían abierto hacía muy poco tiempo en la Calle Mayor. Comimos tapas que nos supieron a gloria. Todo en el pueblo nos sabía a gloria: su pan, sus rollitos de anís, su carne de la carnicería, la fruta de la única tienda, el aire que la sierra nos enviaba como un regalo, el olor de las madreselvas que bordeaban la parte trasera del polideportivo, la visión de la gran cantidad de rosas de todos los colores que adornaban jardines y algunas orillas de huertos… Estábamos en un lugar donde, para ser todo ideal, solo faltaba que su río fuese uno de esos que llevan agua corriente hacia el mar. El viejo palacio frente a la Casa del Pueblo nos recibía al cruzar el puente. Yo lo observaba al pasar por debajo y tomar la curva. Era como si nos diera la bienvenida cada vez que veníamos a organizar nuestra instalación. Al llegar a este punto, una vez dejado atrás el puente sobre el río, el aire que se respiraba ya se apreciaba distinto y el azul del cielo más nítido.

¡Ah, qué bien íbamos a estar aquí! ¿O no?...
 
Fotografía: LEH